La Orchestra Fireluche es una formación de música instrumental que desde el año 2002 trabajan con instrumentos de juguete, curiosos, inverosímiles, clásicos y propios de culturas de todo el mundo.
El visitante que ose entrar quedará extasiado por los rumores y la fragancia de este terreno ajardinado tanto como por la reconocida singularidad de la rara flor cuando se expresa en solitario, pero el gran evento es cuando la rara flor y el sorprendente jardín palpitan al unísono y el aire vibra con una sola voz cálida, vigorosa, insinuando, ahora atento, ahora salvaje, siempre cósmica.
Siete años después de la publicación de Nina de Miraguano (2013) —incluida en el disco Tants caps tants joguets, toma finalmente cuerpo y alma el disco Ataràxia, obra del Orchestra Fireluche y Pau Riba.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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