Yo me encontraba hilvanando ideas para hacer de este domingo una fiesta de palabras al reseñar la “toma” de la Casa de las Américas, en sus cincuenta años, por tres jóvenes trovadores. Yo me preparaba para armar un párrafo confesando que pocas veces un músico había removido en mí tantas fuerzas espirituales juntas como, desde hace un par de años, lo ha conseguido con su obra —letra y música— uno de ellos: el joven villaclareño Leonardo García (Leo para sus amigos).
El trovador Ángel Díaz, fundador del importante movimiento del filin, falleció el pasado 22 de diciembre y fue sepultado ayer. Había nacido el 23 de diciembre de 1921, en La Habana.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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