Una mañana radiante,
amarilla, rosa, blanca,
con diminutas nubes
sobre el azul temeroso
de un cielo aún de invierno
en Barcelona.
La ciudad se despierta
con todos sus ruidos.
En la Universidad los grises (*),
como otros muchos días
desde hace muchos años,
se disponen a entrar en las aulas,
ávidos de cultura
y de realizar ejercicios gimnásticos
sobre las cabezas de los estudiantes
que no quieren entender
la sutil teoría del orden público,
defendida, entre otros,
por las fuerzas vivas del lugar
con un total desinterés
hegemónico, por el bien del país;
concepto de finísima ambigüedad
utilizado provechosamente
a lo largo del tiempo cambiante y multiforme.
Los obreros, en las fábricas,
ya hace horas que trabajan
para poder vivir
como viven los obreros en este país.
Si acaso no lo hacen,
aquellos mismos grises
ávidos de aprender cualquier oficio
explican, con argumentos
más contundentes, más esquemáticos
y más fáciles de entender,
la misma teoría que se explica en la Universidad;
la imperiosa necesidad del orden público.
Las fuerzas vivas y privadas,
algo más interesadas,
y mostrando de un modo ostentoso
su concepto de hegemonía,
aunque sea local,
continúan defendiendo
la inefable teoría del orden público por el bien del país,
concepto de finísima ambigüedad
utilizado provechosamente
a lo largo del tiempo cambiante y multiforme.
Toda Europa lo sabe:
España es tolerante
con pintores, músicos,
intelectuales, actores y aprendices de poeta.
(*) Se llamaba "grises" a la policía en tiempos de Franco debido al color de sus uniformes.
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