Décimas (45): Al son de sus lágrimas (o De las doradas gavillas)
De las doradas gavillas
qu’en el rastrojo cayeran,
limpiando la sementera
voy recogiendo semilla.
Las amontono en la erilla
golpeándolas fuertemente
con un astil prepotente,
después aviento la paja.
Llené completa una caja,
por litro lo vendo a veinte.
Mañana viajo a Chillán
porque mi taita está enfermo.
De leche le llevo un termo
y una tortilla candeal.
También le voy a llevar
mis moneditas sencillas,
ganadas con la semilla
que recogí para enero;
ocho litritos cosecho
de las doradas gavillas.
De mi dorada crianza
le llevo una ponedora,
pa’ qu’el huevito le ponga
de nuevo las esperanzas.
Una pechuga de gansa,
un mate pa’ la tetera;
¡ay! si mi taita supiera
la herida que hay en mis pies,
no gustaría la mies
que en el rastrojo cayera.
El sol reseca el barbecho,
lo deja como la espina;
me clava con negra inquina,
si piso ese duro lecho.
Se desespera mi pecho
al arañar mis canillas,
la planta y las pantorrillas,
me brota una sangre roja.
Con una patita coja
voy recogiendo semillas.
Reviso kilometrales
d’espacios ya cosechados,
y de sembrado en sembrado
voy rastrojeando trigales.
Allá están los animales
dándole vueltas a l’era;
fatiga más pendenciera
me d’al final de la tarde.
La perdiz canta su alarde
limpiando la sementera.
Suspiros y lagrimones
cuando llegué una mañana;
se alegra de buena gana
mi taita con sus dolores.
Le traigo estos camarones
del río más transparente,
y este litrito de fuerte,
taitita de mis tormentos.
Ya está que lo vuela el viento
con su flacura de muerte.