No ignores que un corazón es una piedra invertida. (1)
Más de cuatro lo olvidan, cuando quieren entrar en el baile:
esperando hallar un cojín
se destrozan la cabeza
y, creyendo soltar amarras,
se encadenan al verdugo.
Sé de corazones de sólido mármol, mausoleos de los sentimientos,
que, al morderlos, te hacen saltar todos los dientes.
Y conozco corazones de rubí
que parodian las hogueras
con las llamas mentirosas
de una tela de Dalí.
El corazón de mi corazón, si acaso lo has visto,
seguro que de entrada puede parecerte gris.
Pero es de primera
-un corazón de los de antes,
hecho de pedernal.
Es áspero al tacto
pero lo froto con el mío
y salta una chispa
que convierte un cuchitril
en la residencia de un dios.
Sé de corazones como la antracita, que te envuelven de negrura
y te hacen perder para siempre el sentido de la orientación.
Conocí un corazón de cuarzo,
un simpático artefacto
que marcaba la hora exacta
del adiós cada 45 minutos.
Sé de corazones de aguamarina donde se ahogan los sentidos.
Los hay incluso de arcilla, que se deshacen al apretar los dedos.
Por no hablar de los de zafiro
que, con brillo de porcelana,
al tomarlos como diana
te hacen siempre fallar el tiro.
No olvidemos los corazones de jade, tan exóticos como brillantes,
campeones del esnobismo. Ni los de diamante,
que cortan los espejos
del deseo. Ni los de galena,
que no son más que una antena
que amplifica el canto de los gallos.
Si fuera preciso, aún podría vaciar hasta el final
el cajón donde se hermanan los corazones y el reino mineral,
pero donde yo veo oro y platino
tú verás una amatista...
Sigue, pues, tu propia pista
y déjame a mí repetir
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