La verde fosforescencia
que vive en ojos felinos
contiene arcanos que, con prudencia,
puedes palpar en sus confines.
Sólo hubo un hombre tan sabio
como para penetrar aún más adentro.
Rumbeaba en clave de luna
cuando la noche llamaba a los gatos
y les pulsaba una por una
las siete vidas, por si alguna
sonaba desafinada.
Rumbeaba en clave de luna
y esparcía sus maullidos
por barrios y tejados,
como aquel que expone datos
que, una vez analizados,
equilibran penas y alegrías.
Se tatuó la ironía
en garras y colmillos
pero unas membranas de melancolía
le protegían, leales,
de la risa cruda que avanza
cuando los matices juran en falso.
Rumbeaba en clave de luna
siguiendo el ritmo intenso
que la ciudad tibia y morena
ofrece sobre los escombros
a los que no se sienten borregos.
Rumbeaba en clave de luna
y aprendía por los rincones
mil historias segregadas
por calles, bares y miradas
que devolvía, a veces,
convertidas en canciones.
No era caló, pero aprendía
a viajar a lomos del viento
para añorar día a día
una patria inexistente.
No era caló y lo sabía,
pero era un payo chipén.
Rumbeaba en clave de luna
esquivando los dientes del perro
y nos ofrecía la vacuna
más sencilla y oportuna
contra los odios y los miedos.
Rumbeaba en clave de luna
hasta que un día saltó
de una azotea hasta Selena
una noche que se veía llena,
arrancándose la cadena
que lo ataba a un mundo enfermo.
Rumbeaba en clave de luna
y para muchos aún lo hace
mientras no quede curado
cierto arañazo
que nos escuece hasta la médula
y nos obliga a recordar.
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