Caminar esquivando charcos,
mientras se besan por los portales
cuerpos medio difuminados,
cuando la sangre del otoño
cae de los árboles, con un leve ruido
de murmullos apagados.
Sentarse en cualquier banco,
para mirar un pote de formol
con cadáveres de recuerdos,
ignorando los ojos distantes
de anónimos viandantes
de dedos ateridos y labios muertos.
Y silbar una canción triste
de Gainsbourg o de vete a saber quién
que haga fermentar con técnica de artista
la nostalgia como un buen vino.
Una buena canción triste
como música de fondo
de la historia expresionista
que te proyectas por los rincones.
Cuando bostezan los gorriones,
ver como se encienden las farolas
y darse cuenta de pronto
de que los pies te han llevado lejos,
demasiado lejos, y gruñir
si empieza a levantarse viento.
Tomar un café, oyendo si es necesario
a los clientes de un bar banal
de no importa qué calle.
Si te hablan, contestar con
monosílabos, sin hambre
de conversaciones de papel.
Y silbar una canción triste
que no encuentras en Internet,
mientras vas dejando un tastro
de copas vacías y tabaco frío.
Una buena canción triste
como música de fondo
de la historia expresionista
que te proyectas por los rincones.
Si has huido de alguien, pensar
que lo has hecho para disponer
de una ausencia en las tripas,
para poder sentirte vivo
dejándote llevar por el río
donde se ablandan los barcos.
Revolcándote en la oscuridad,
hallar miel en la amargura
y placer en la soledad,
y acabar reivindicando
la derrota, y amando,
cuando ya es demasiado tarde, lo que has perdido.
Y silbar una canción triste…
Una buena canción triste
como música de fondo
de la historia expresionista
que te proyectas por los rincones.
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