Te lo tengo que confesar, Gerard:
pensaba que nunca sería
corresponsable de un parto.
Ser padre me acojonaba
más que un puñetazo en la nariz
pero el caso
es que tu madre deseaba
tener un muñeco en el cajón
y, ya ves, llegó el día
en que te presentaste aquí abajo.
Ay, Gerard,
ojalá no acabes harto
de este mundo de monas,
con más gente que personas,
y tan lejos de una obra de arte.
¡Ay, Gerard, Gerard, Gerard!
Te he metido con calzador
en la corriente de la Historia,
y confieso que me da miedo
poner en marcha una memoria,
una conciencia de ser
que no tiene
ni aquí paz ni después gloria.
Solamente una estrella fugaz
que brilla entre la escoria
durante un instante y se funde como el hielo.
Llamarte “Hijo mío” me resulta extraño:
nunca he digerido a las familias,
no eliges esta trampa...
Hay que practicar halterofilia
para poder soportar el peso
de una nadería
que coges como las paperas
cuando aún eres muy pequeño
y de la cual no te libras
hasta que te meten en el ataúd.
Estás en pleno tablero de ajedrez
y te esperan mil trifulcas.
Entre sedas i harapos,
tendrás que jugar, lo quieras o no.
No dejes que nadie
lo haga por ti:
Tienes las jugadas contadas
y no podrás repetirlas.
¡Llena tú mismo tu banco de datos
y tu vaso con tu vino!
Ay, Gerard...
Te lo debo confesar, Gerard:
seré un padre lamentable.
Hasta donde llego con la mirada
no veo a Dios ni al Diablo.
Y la moral, en pocas palabras,,
me la suda.
Pero, si quieres adoptarme,
podremos recorrer juntos una parte del camino
hasta que me toque envainar el arma
y escribir mi última rima.
Ay, Gerard,
ojalá no acabes harto
de la vida que te espera,
porque si quieres volver atrás,
mucho me temo que ya sea tarde.
Ay, Gerard, Gerard, Gerard,
lo siento mucho, pero ya es tarde.
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