Ha pasado más tarde que temprano,
pero por fin llegó el momento:
has echado a tu marido
y ahora tienes un gato en casa.
Con el cambio de mascota,
creo que has salido ganando.
La mejora es evidente,
solamente tienes que mirar a tu alrededor:
Cuando un gato se estira en el sofá,
solamente ocupa un rinconcito,
no apesta ni se emborracha de cerveza,
y nunca te maltratará
ni te querrá imponer ningún derecho,
y cuando abre la boca no sale de ella ninguna estupidez.
Y no quiere para el solo
el jodido mando a distancia;
prefiere mirar la luna a ciertos programas.
Hasta el sagrado fútbol
le resulta indiferente.
No convierte la vida en un drama
estúpido y estridente.
Un gato es un buen compañero,
yo diría que excelente,
siempre que me tengas a mi como complemento.
Un gato es siempre juicioso,
no se comporta nunca
de manera violenta, y no araña
si no lo provocan,
más o menos como tú
-pero entonces sí que te puede dejar la cara como un mapa.
No verás que nunca deje pelos
en la ducha, ni que se mee
en el lavabo. De hecho, es un poeta
engendrado bajo otros cielos
que algún dios te destinó
para que fuera más limpia
el agua de tu mar.
Un gato es un buen compañero,
yo diría que excelente,
siempre que me tengas a mi como complemento.
Cuando te llamo, un gato
no cogería nunca el teléfono
y, si lo hiciera, no contestaría con mala leche.
Sabe que tienes la libertad
de escoger
y lo que puedas hacer o dejar de hacer poco le importa.
Y, aunque se sepa el rey,
cuando tú y yo nos metemos en la cama,
dignamente nos cede su lugar.
¡Esto sí que es fair-play!
Que aprenda tu marido,
a menos que tenga ya el cerebro
demasiado rancio y aguado.
Un gato es un buen compañero,
yo diría que excelente,
siempre que me tengas a mi como complemento.
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