Tenía la piel llena de domingos
la mujer que yo amaba
los sueños tenían la edad de una pregunta
para la mujer que yo amaba
Ella legó aleteando a mi ventana
fueron mío su canto y el rumor de sus alas
Paraque me amara libremente
el corazón se me llenó de espigas y de trigo
Frutal amor
amorosamente dulce, el amor.
Mas mi forma de amarla
creció de tal manera
que la sentí en mi jaula, prisionera
y se me llenó la piel de nocturnos sobresaltos
Hasta que una mañana
desperté sin su risa y sin su canto
sólo un adiós
dibujado por sus alas
La mujer que yo amaba
me dejó olorosa a plumaje la esperanza.
Y sus manos entreabiertas
dejando escapar la arena
y se entreabría mi piel
dejando escapar la pena
Y su cuerpo tembloroso
hizo musical la queja
del mundo maravilloso
que me dio y no me deja
Yo quise amarla libremente
como se aman el árbol y la brisa
de su piel quise hacerme una camisa
para todo este frío
para toda la vida sin
el cariño mío.
A la mujer que yo amaba
la desconocí al regreso
después de un largo viejo
donde no hubo un mes de mayo
sin las dos rosas azules de sus ojos
sin sus manos
La mujer que yo amaba
me dejó olorosa a plumaje la esperanza.
Hasta que un día
no sé si fue la brisa o el golpeteo espantoso de mi rabia
que hizo que mi ventana se cerrara para siempre
por la mujer que yo amaba
Martirio llevó el pasado domingo 12 de abril al Auditori de Barcelona, en el marco del Ciclo de canción de autor BarnaSants, su espectáculo Al sur del tango, una propuesta que enlaza las raíces compartidas entre Argentina y España desde una interpretación que es tanto voz como gesto y emoción.
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