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Centro Pablo de la Torriente Brau

A guitarra limpia: Quince razones para seguir siguiendo

por Víctor Casaus el 23/11/2013 

A guitarra limpia, este imprescindible espacio que brinda el Centro Pablo de la Torriente Brau desde la habanera calle Murallas, cumple quince años. Se nos ocurren miles de razones para "seguir siguiendo" esta aventura, pero Víctor Casaus, fundador y director del Centro Pablo nos ofrece quince. Quince años, quince razones.

El patio del Centro Pablo de la Torriente Brau donde se celebran desde hace 15 años los conciertos de «A guitarra limpia». © Xavier Pintanel
El patio del Centro Pablo de la Torriente Brau donde se celebran desde hace 15 años los conciertos de «A guitarra limpia».
© Xavier Pintanel

 

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A guitarra limpia nació a finales de la década del 90 en el vacío que la crítica situación económica había provocado, también, para la nueva trova, para la canción pensante, doliente y amante. Los espacios que existían para compartir y difundir se fueron apagando, hasta prácticamente desaparecer. Los artistas que los frecuentaban, muchos de ellos jóvenes, se vieron –como otros sectores de la sociedad– ante dos alternativas: buscar fortuna en otros horizontes geográficos o tratar de afrontar los rigores de aquel áspero tiempo, entre los alumbrones del momento, sin perder la guitarra ni la esperanza.

 

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Con la guitarra, limpia, se llega a este aniversario quince. Los trovadores y las trovadoras construyeron en ese tiempo este espacio para comunicarse, compartir, disfrutar, debatir, que son infinitivos parciales para expresar este otro, mayor: vivir. El Centro Pablo fue el instrumento, la herramienta, el arma (y a veces el alma) para esa construcción colectiva. Otros lo llamarán casa, nido, familia. Y también tendrán razón.

 

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Este espacio pudo tomar como suyo aquel lema con que el arte digital cubano presentó sus credenciales tres lustros atrás: una apuesta a favor de la imaginación y la belleza. La belleza como materia imprescindible para estar, para ser y para continuar. La apuesta como aceptación del riesgo necesario, como negación de la rutina: impecable, correcta pero empobrecedora. Sin embargo, A guitarra limpia descubrió, concierto a concierto, su propia consigna, diversa y diversificadora: todas las generaciones y todas las tendencias de la nueva trova cubana han pasado –y seguirán pasando– por este patio.

 

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Para hacer posible aquel sueño de finales de siglo y de milenio, acercaron su hombro, su solidaridad, la gente amiga de Puerto Rico y de otras partes; las instituciones fraternas que entendieron las claves de este movimiento sistemático, a veces imperceptible, sobre el filo de la navaja del riesgo –es decir, de la creación–; los artistas mayores de la canción que respaldaron con su presencia, a veces con su ayuda directa y silenciosa, esta apuesta que también fue la suya en otros tiempos.

 

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El espacio multiplicó las voces de los más jóvenes, propiciando que sus obras primeras llegaran a otras gentes, y sus propuestas –acertadas o no, eso es lo menos importante– fueran conocidas, debatidas, analizadas, vividas por sus contemporáneos, esos jueces terribles o amables, cómplices o escépticos –eso también es lo menos importante. Lo importante es la posibilidad de estar, de ser y de seguir. Y A guitarra limpia ha contribuido, en estos quince años, a conjugar esos verbos trascendentes y cotidianos al mismo tiempo.

 

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Un joven trovador lanzó un día, en medio de una conversación intrascendente, esta verdad compartida: "En otros lugares uno llega, canta y se va. Aquí uno llega, canta y se queda".

 

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Se quedan porque el sonido de sus voces y de sus músicas es grabado y reproducido en discos y lanzados al éter antiguo pero eficaz de la radio y colocados en los sitios cada menos misteriosos del espacio digital. En ese mismo espacio y en otros se difunden sus imágenes estáticas o en movimiento, acariciando una guitarra o pulseando con los nervios en su primera presentación, en su segundo nacimiento.

 

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Se quedan porque con ese disco en la mano llegan una mañana, un año, al festival que los premia, o los valora, o los desconoce –eso tampoco es lo más importante, porque lo más importante es haber dicho lo que se quería decir y como se quería decir y seguir siendo, en paz –o en guerra– con los ángeles o los demonios de cada momento.

 

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Pero se quedan, sobre todo, porque en la magia terrenal de un patio o en la solidaridad de una guitarra prestada o en la complicidad de un texto maldito han construido una comunidad. Diversa, múltiple, contradictoria, como son en la realidad real las comunidades verdaderas. Como es la vida.

 

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Si las estadísticas solas pudieran ofrecer la imagen cierta de los hechos y de los procesos, bastaría con mencionar los 170 conciertos soñados y realizados en el patio querido o en las salas fraternas; los 80 discos producidos a punta de tesón y de talento; los 200 programas radiales que llevaron, En el Centro, cada semana, las voces de los maestros y los recién llegados; los 15 cuadernos Memoria que dieron fe (de vida), a lo largo de estos años, a lo cantado, soñado o vivido en un patio de la Habana Vieja –de la nueva Habana–; los 50 capítulos de una serie televisiva que mostró la altura de la canción de la Isla a las gentes de muchas partes del mundo.

 

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Pero las estadísticas, solas, no pueden expresar la alegría de encontrar a un trovador nuevo en una provincia apartada, ni la emoción de acompañar la gira interminable de la canción renovada y renovadora por los barrios humildes, ni el asombro persistente ante lo que puede hacer un hombre o una mujer con su guitarra en ristre.

 

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"Uno llega, canta y se queda".

 

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Uno los ve llegar, cantar, quedarse entre nosotros, entre ustedes. Los ve pidiendo el espacio que les corresponde, el micrófono que multiplique sus dudas, sus certezas y sus nuevas dudas, en ese ciclo interminable como las giras verdaderas.

 

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Por eso nació, hace quince años, A guitarra limpia.

 

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Por eso seguimos siguiendo. Que sigue siendo –hasta donde sabemos, hasta donde adivinamos– la única manera de ser y de estar.










 
  

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