Estamos en la fiesta de cumpleaños de una amiga de Anna. Tenis Barcelona: señorial, pero destartalado. Tengo que salir de la sala para atender una llamada, y a través del cristal de la puerta del bar veo llegar al cantante Moncho, empapado de lo mucho que llueve esta noche. Rebeca color de grana, jeans. Pequeño bolso de mano, de esos que antes llamábamos mariconera pero que si ahora lo llamáramos así vete tú a saber qué nos podría pasar. Me vuelvo a la sala, debemos ser unos 50, cena cocktail, con mesas y sillas para sentarse si quieres pero sin un lugar concreto para cada uno. Soplo las velas, se apagan las luces y el pianista y el batería se ponen a tocar. Comparece Moncho, de negro impecable, y empieza a cantar. Al principio poca gente le hace caso. Han apagado las luces de la sala pero no hay ninguna iluminación prevista en el rincón desde donde está actuando. Además, el micrófono se estropea. Moncho, que ha llenado el Palau de la Música y que el próximo día 4 de septiembre actúa, por ejemplo, en l’Auditori; este hombre de prestigio reconocido en todo, se toma su actuación en esta fiesta como si fuera el concierto más importante de su vida y si canta a oscuras con su música se hace la luz y si el micrófono se estropea pone toda la potencia de su voz impresionante y la gente que al principio seguía hablando y no le hacía caso, ahora se han puesto todos a bailar al ritmo de sus boleros antillanos. Es emocionante, y muy aleccionador en estos tiempos tan devaluados, ver un artista aferrado a la dignidad de su oficio y como desde cualquier rincón oscuro es capaz de crecer hasta convertirse en gigante afirmando su integridad y proyectándose en lo que ama. No sé si sabríamos hacerlo, los de ahora. La humildad de aceptar el rincón y acabar arrasando como sólo saben hacerlo los grandes de verdad.
Pasión Vega presenta en concierto su nuevo disco Pasión Almodóvar con una selección de canciones que forman parte del universo cinematográfico del director manchego Pedro Almodóvar.
Abril de 2026. Una visita a Cuenca. La ciudad alta parece casi inalcanzable pero se va abriendo al paso del caminante y se descubre a pinceladas, se avanza lentamente con atención a los detalles, te va envolviendo su generosa ofrenda de ocres, una esencia dulce de calles antiguas, escenario de historias de vida que fueron y van arriba y abajo. Cuenca, refugio de miradas eternas que en sus horizontes van quedando guardadas, también en nuestra memoria. Cuenca, la de la piel quebrada por hoces y ríos, la que celebró en el siglo XX su poeta Federico Muelas, la que envejece y revive en el XXI y cada día.

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