Los afrancesados
Serrat en el acto de entrega de la Légion d’Honneur. © Consulat Général de France à Barcelone.
En cuanto sus huevos eclosionan, las tortugas marinas salen a la superficie de la playa y se dirigen por un extraño instinto hacia el mar. Saben que si se ponen a caminar hacia el interior serán devoradas por los alcatraces y por otros depredadores. El mar no es garantía de una vida longeva para la tortuga, también ahí están las fauces de los grandes peces, pero en los genes de esos quelonios debe estar impresa una ruta de la huída y de la supervivencia.
Los catalanes también tenemos impresa esta extraña ruta jamás escrita. Ante cualquier desgracia humana o natural la ruta de la huída consiste en cruzar los Pirineos y buscar asilo en el pecho de esa gran nodriza llamada Francia. No se trata de una aproximación de amor sino de necesidad. Nuestro norte no nos recuerda las matanzas de nuestro oeste peninsular. Ayer, mientras se rendían honores al asesinado presidente Companys y algunos voceros del PP decían que eso era un acto revanchista, el embajador de Francia colgaba del pecho de Joan Manuel Serrat la Legión de Honor y recordaba la trayectoria del cantante en pos de la libertad de Catalunya, de España y de América Latina. El embajador citaba a Brecht: "Hay hombres que luchan un día y son buenos. Otros luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero están los que luchan toda la vida, y esos son los imprescindibles". Y Serrat ahí, con la misma condecoración que le fascinó en casa de Alberto Puig Palau, el tío Alberto de su canción.
¿Por qué la Legión de Honor es una distinción emocionante y ninguna de las condecoraciones españolas nos produce esa vibración? Ahí debe estar nuestra condición de afrancesados, esa que nos permite creer en los derechos del hombre y que nos alimentó la imaginación en los cines de Perpinyà o en las canciones de Brassens. El espíritu republicano cuelga de esa discreta distinción apenas visible, un pequeño guión en la solapa de sus poseedores. A Serrat ya solo le faltaba ser francés. Y a esa Francia constantemente cambiante ya solo le faltaba tener a Serrat entre sus propagandistas. Si las tortugas no van al mar, el agua francesa dignifica a las tortugas.
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