51 Festival Nacional de Doma y Folclore de Jesús María 2016

Una noche jujeña en Jesús María. Hasta este carnaval

por Pao de Senzi/Boletín Folklore el 12/01/2016 

Los Tekis fueron los anfitriones de la clásica noche del lunes, que no sólo se ha convertido en una de las más convocantes del festival, sino un muestrario de estilos norteños, de la mano de artistas con diversas propuestas musicales y visuales.

Los Tekis

© Paul Amiune

Si hay un nombre para darle a la quinta noche de esta edición de Jesús María, ese es carnaval. Bien del norte, bien jujeño para bautizarla definitivamente. Desde aquellas primeras noches de los lunes en las que Los Tekis comenzaban a encontrarse con su público, y que los organizadores atinadamente llamaron "la noche joven" hasta los últimos en que el conjunto liderado por Sebastián López y Mauro Colletti es uno de los consagrados (y más convocantes) a nivel nacional, la noche del lunes ha crecido en número de público y propuestas artísticas, convirtiéndose en representativa de la región y sus sonidos y colores, con un arco iris de artistas que viene haciendo camino apadrinados por los Tekis.

A las 21 horas y luego de la previa con Proyección Salamanca, Santiago Chumy, y el Grupo Tinku, Memo Vilte fue el encargado de dar el puntapié inicial para la televisión, con la presentación de "El Carnaval a Caballo" un conjunto de imágenes, baile, coplas y sonidos del norte, banderas, y papelitos de colores, todo regado con espuma blanca y perfume de albahaca, mientras el presentador Juan Zambrano describía cada paso. Siete músicos en escena acompañaban la voz del cantor jujeño, y 100 bailarines recorrían el campo de la jineteada y las plateas, al ritmo de Soy de la Puna, Hoy estoy aquí mañana me voy, El Quebradeño, y Mi Dulce Veneno. Casi en el final, el purmamarqueño presentó a uno de los hermanos de Jorge Cafrune, Josito, que, recordando al cantor nacido en El Carmen interpretó Zamba de mi esperanza. Un detalle: El entusiasmo de Memo le jugó en contra, al querer acompañar a Josito, y lamentablemente la voz de éste casi no se escuchó.

Hasta las diez de la noche, la venta de entradas trepaba hasta los 10000 tickets vendidos. Mientras en el campo de la jineteada pasaban las competencias del día más las que debieron suspenderse por lluvia el día anterior, los tiempos apuraban sobre el escenario Martín Fierro para la presentación de Los Queñuas, que arrancaron con una "morenada" (baile tradicional del altiplano boliviano) y —como dijeron ellos— a pura tradición. Los caporales al frente le aportaron el color a la actuación de los muchachos. Luego de otro impase de jineteada La Cantada tomó el escenario con sus populares bailes de La Llama y el Coya Dance —nuevo emprendimiento musical del grupo formado por los hermanos Néstor y Oscar González.

Coroico le puso música a la larga espera de la noche que culminaría a las dos y media de la mañana con Los Tekis. Buenas voces, buena propuesta musical fundamentada en los sonidos del altiplano mixturados con vientos y coloreado con el baile de los caporales, sumaron otro número para el título de la jornada.

Cerca de las dos y media de la mañana, el sonido de los tambores anunciaron la llegada de los anfitriones de la noche. Los rostros derretidos en el barro, se repetían en las pantallas del escenario, mientras el griterío de las populares, que avanzaban sobre el campo de la jineteada se volví ensordecedor. Sebastián López, Mauro Coletti, Juanjo Pestoni, Walter Sader, Pucho Ponce y Pipo Valdez aparecieron desde uno de los costados del escenario y rápidamente tomaron sus instrumentos, para ofrecer un repertorio que recorrió buena parte de su historia: El Humahuaqueño, Sin mí, Hasta el Otro Carnaval, Llorar Llorar, Siguiendo la Luna, El cucumelo, Pupilas Lejanas, Y te voy a amar, Cómo has hecho, en casi dos horas de concierto, que se extendió hasta entrada la madrugada.

Debajo de la luna, una multitud coreaba, bailaba y disfrutaba de los últimos sonidos del norte de la noche. No de los más puros, claro (aunque en algunos momentos hayan sonado sólo un erke y un charango), sino de esos que funcionan como banda de sonido de una puesta en escena descomunal y —no poco— celebrada.

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