Zamba para olvidarte
si ya empezaba a olvidar,
no sé si ya lo sabrás,
lloré cuando vos te fuiste
no sé para qué volviste,
qué mal me hace recordar.
La tarde se ha puesto triste
y yo prefiero callar
para qué vamos a hablar
de cosas que ya no existen.
No sé para que volviste
ya ves que es mejor no hablar.
Qué pena me da saber que al final
de ese amor ya no queda nada,
sólo una pobre canción
da vueltas por mi guitarra
y hace rato que te extraña
mi zamba para olvidar.
Mi zamba vivió conmigo
parte de mi soledad.
no sé si ya lo sabrás:
mi vida se fue contigo,
contigo, mi amor, contigo,
qué mal me hace recordar.
Mis manos ya son de barro
tanto apretar al dolor
y ahora que me falta el sol
no sé qué venís buscando.
Llorando mi amor llorando
también olvídame vos.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.