El castillo
llega hasta mí!
Mi trono
es inestable,
es un huracán que rompe
las mil leyes sagradas y
todo lo imposible.
Mis tierras están sembradas
de sombras;
encapuchados negros a la luz
de los árboles
decapitan las palomas azules
Para dar un poco de color
al cielo,
Nadie puede entrar a mi castillo.
A sus puertas cuidan,
los heraldos de la muerte.
Todo lo blanco se vuelve
aire denso
cual impurificadora indomable
de la sensibilidad.
¡Vuélvete!, que
estás a tiempo para no llegar;
quizás
dentro de dos horas sea
muy tarde para ti.
¡Vuélvete!, que
estás a tiempo para no llegar;
quizás
dentro de dos horas sea
muy tarde ya
para regresar.
(1969)
A Grisell Franco
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.