Pretendes llegar
proponiendo curar
mi salud de patriota.
Pretendes llegar
desde el aire y el mar,
con tu brújula rota.
Pretendes llegar,
revolver y cambiar
mi canción y mi huerta
Pretendes llegar,
entrar y salir, tal por cual,
bien o mal, sin pensar
cuánto cueste la oferta.
Pretendes llegar
con perfidia y borrar
mi bandera y mis dones.
Pretendes llegar,
y mis aulas poblar
de estiércol y cañones.
Pretendes llegar
y en mi mástil plantar
tu águila y tus bribones.
Pretendes llegar,
entrar y triunfar, sin pensar
en contar y cargar
tus muertos a montones.
Pretendes llegar
y hacerme olvidar
mi amor y mi fe,
mi afán de crear
conjuros al mal,
al odio y al temor
de vivir sin cadenas.
Pretendes llegar
para regalar
lo que nunca querré,
sonrisas de hiel,
tus cambios de piel:
injurias al amor
que no corre en tus venas.
Pretendes llegar
y quizás llegarás
anunciándome inviernos.
Pretendes llegar
y quizás llegarás
inaugurando infiernos.
Pretendes llegar.
Aquí te encontrarás
nuestras flores de hierro.
Quizás llegarás.
Seguro entrarás, temblarás,
y a muy poco verás
el final de tu imperio.
Amén.
(2004)
A Alejandro, el yerno
Empingado contra los yanquis.
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Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.