Sólo vivo pa’ quererte
abre madre ese portón
aunque sé que van buscando
tan sólo mi perdición.
Y cuando los vi, sentrañas,
cambió el aire en mi veleta
y me hirieron tus pestañas
cual si fueran bayonetas.
Te quiero de noche y día,
te quiero de madrugá;
con pena y con alegría,
tranquila y deseperá.
Sólo vivo pa’ quererte,
y me tienen sin cuidado
ni la vida ni la muerte,
ni el presente ni el pasado.
El cariño no es un cielo
con nubes y golondrinas.
El cariño son los celos,
es un llanto sin pañuelo
y una corona de espinas.
Me valga Santa Lucía
y me dé conformidad
si por cosas de la vida
tus ojos no viera más.
Rompería con mis manos
llave, puertas y cerrojos
con tal de verme, serrano,
en las niñas de tus ojos.
El cariño no es un cielo
con nubes de purpurina,
el cariño son los celos,
es un llanto sin consuelo
y lo demás son pamplinas.
(1961)
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.