A callejear
un día de no hacer nada
y empiezas a caminar;
saludas a tu portero
al vecino del tercero
y al tonto de ese lugar
y luego, tranquilamente,
a callejear, a callejear,
que la calle es tuya y de nadie más.
Te repasas el diario
en un café, con cortado,
mientras la gente discute
del Madrid, del Barcelona,
de la OTAN y de si existe
gente más allá de Marte
y luego, tranquilamente,
a callejear, a callejear,
que la calle es tuya y de nadie más.
Vagabundeas tranquilo
por el barrio libertino
que ahora está lleno de paz
y dialogas con Matías
con tres años de parado
y le das dos perras para el pan
y luego, tranquilamente,
a callejear, a callejear,
que la calle es tuya y de nadie más.
Te bajas a ver el Ebro
sucio y muy contaminado
con olor a barro y gas,
y tiras piedras al agua
recordándote los tiempos
de amores festejar
y luego, tranquilamente,
a callejear, a callejear,
que la calle es tuya y de nadie más.
Por una calle del centro
bajan cinco mil obreros
cabreados con el jornal
y gritan contra el gobierno,
contra las fuerzas del orden
y contra la patronal
pero tú, tranquilamente,
a callejear, a callejear,
que la calle es tuya y de nadie más.
Mansamente te diriges
a la plaza Santa Cruz
a tomarte un buen vermú
con los amigos más locos
que hablan del mundo nefasto
con mucha risa y salú
y luego, tranquilamente,
a callejear, a callejear,
que la calle es tuya y de nadie más.
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