Los maestros
canciones de amor y de soledad
me habló de Brel y de Georges Brassens
y de la anarquía de Leo Ferré;
me puso Atahualpa y a la hermosa Parra,
de Dylan me dijo esto es otra cosa,
y con el Tom Waits me abrí la garganta
para cantar jotas y rancheras locas.
He aquí los buenos maestros de siempre.
Pasaron los tiempos y seguí pensando
que esos viejos maestros están cada día
en la colectiva memoria de todos
enseñando versos que hablan de nosotros.
Sus versos de ausencia y de compromiso,
risas anarcas y de amores vivos
son los versos duros que enseñaron siempre
lo que en viejos libros nunca nos dijeron.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.