Décimas (36): Se acaba el conferenciante
Se acaba el conferenciante
después de perder la pega,
completamente s’entrega
el vicio más penetrante.
El Isaías galante
también llamado Francisco,
clavándose como quisco
pa’ alimentar a su prole,
que con porotos con coles
pasan de lune’ a domingo.
Desgracia, la que esperamos,
llega con toda su pompa;
que las cadenas se rompan
en casi todos sus tramos.
Qué triste el Domingo ’e Ramos
cuando nos quitan la casa,
donde entre llantos abraza
sus diez chiquillos menores;
la madre por los rincones
no tiene ni una esperanza.
Viene lo más espantoso
d’este fatal contracaso
después del grande fracaso
de aquel enfermo imperioso.
No sabe que sus mocosos
se quedan sin los rosales,
sin aire, sin manantiales,
vendiéndose el caserón.
La dueña del familión
se agita con sus pesares.
Si vieran cómo rodaban
sus lágrimas a montones
encima de unos cajones
que de utensilios llenaba.
¡Ay Dios, cómo suspiraba!
¡Cómo su pecho palpita!
Más, cuando una virgencita
se le cayó de las manos
al grande de mis hermanos,
rompiéndole la carita.
Uno sacaba una silla,
los otros el comedor;
al viejo despertador
le suena la campanilla.
Alguno por palomilla
le ha dado cuerda, seguro,
después colgado en el muro
lo fue a tomar mi mamita;
le suena la campanita
doblándole sus apuros.
después de perder la pega,
completamente s’entrega
el vicio más penetrante.
El Isaías galante
también llamado Francisco,
clavándose como quisco
pa’ alimentar a su prole,
que con porotos con coles
pasan de lune’ a domingo.
Desgracia, la que esperamos,
llega con toda su pompa;
que las cadenas se rompan
en casi todos sus tramos.
Qué triste el Domingo ’e Ramos
cuando nos quitan la casa,
donde entre llantos abraza
sus diez chiquillos menores;
la madre por los rincones
no tiene ni una esperanza.
Viene lo más espantoso
d’este fatal contracaso
después del grande fracaso
de aquel enfermo imperioso.
No sabe que sus mocosos
se quedan sin los rosales,
sin aire, sin manantiales,
vendiéndose el caserón.
La dueña del familión
se agita con sus pesares.
Si vieran cómo rodaban
sus lágrimas a montones
encima de unos cajones
que de utensilios llenaba.
¡Ay Dios, cómo suspiraba!
¡Cómo su pecho palpita!
Más, cuando una virgencita
se le cayó de las manos
al grande de mis hermanos,
rompiéndole la carita.
Uno sacaba una silla,
los otros el comedor;
al viejo despertador
le suena la campanilla.
Alguno por palomilla
le ha dado cuerda, seguro,
después colgado en el muro
lo fue a tomar mi mamita;
le suena la campanita
doblándole sus apuros.
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