Décimas (92): Hoy día se llora en Chile
por una causa penosa:
Dios ha llamado a la diosa
a su mansión tan sublime.
De sur a norte se gime,
se encienden todas las velas
para alumbrarle a Gabriela
la sombra que hoy es su mundo.
Con sentimiento profundo
yo le rezo en mi vihuela.
Presidenta y bienhechora
de la lengua castellana,
la mujer americana
se inclina la vista y llora
por la celestial señora
que ha partido de este suelo.
Yo le ofrezco sin recelo
en mi canto a lo divino
que un ave de dulce trino
la acompañe al alto cielo.
En medio del paraíso
hay un sillón de oro fino
y un manto de blanco lino
que la Virgen misma le hizo.
Un ángel de bellos rizos
está esperando en la entrada
a la mejor invitada
que ocupará aquel sillón
hasta la consumación:
Santa Mistral coronada.
Hay una fiesta en la gloria
y un llorar aquí en la tierra,
como si una grande guerra
haya manchado la historia.
Jamás de nuestra memoria
has de borrarte, Gabriela.
Los niños de las escuelas
ya no tienen su madrina:
la Providencia Divina
se llevó la flor más bella.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.