Soneto XII
y el principio también de lo futuro,
y en un instante al riguroso y duro
golpe tengo de ver la vida ausente.
¿Adónde voy con paso diligente?
¿Qué intento? ¿Qué pretendo? ¿Que procuro?
¿Sobre qué privilegios aseguro
esto que ha de vivir eternamente?
No es bien decir que el tiempo que ha pasado
es el mejor, que la opinión condeno
de aquellos ciegos de quien es culpado.
Ya queda el que pasó por tiempo ajeno,
haciéndole dichoso o desdichado,
los vicios malo, y las virtudes bueno.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.