Baila Lucía
Y para la luz, cristal de su cristal
Al universo diste tu palabra
Y con el alma la defenderás
Ya estabas bailando cuando lo soñaste
Esa del espejo no era otra sino tú
Para que tus dedos bordaran el aire
Te prestó la luna un mantoncillo azul
El duende te agarró por la cintura
Y la belleza puso lo demás
Habló la vida...
Baila la danza sagrada
La danza que bailan las hijas del sol
Hasta que los mismos cielos se perdonen
Baila que redima nuestro corazón
Por el balcón que mira a la alegría
Asoma un clavelillo de pasión
Baila Lucía...
Una fuerza incomparable
Una imparable estrella que tira de ti
Te revelará cómo salir del laberinto
Y trucará la carta de tu porvenir
Se te llenará el pecho de mundo
Y con todo el mundo ya te abrazarás
Por más que la pena marque siguirilla
Llegará el consuelo con la soleá
Bendita la gracia de tu anatomía
Cuando de pronto se arranca a bailar
Por bulerías...
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.