Formigas pretas
sobre la «i» latina,
porta sobre la testa
la gente de Bahía:
latas de agua potable
fardos con mercancía,
azafates dulceros,
cestas, potes, botijas…
(Con ese andar cansino
y esa su carga antigua
me recuerda mi origen
mi africana Bahía:
también llevo en la testa
mil creencias espíritas,
y sobre la cabeza
un fardo de agonías).
Brasil y Centro América,
Perú en su costa tibia,
Colombia, Venezuela,
Ecuador, las Antillas;
Carolina, Alabama,
Kansas, Georgia, Virginia,
tienen negros que cargan
el peso del camita:
como el eterno punto
sobre la «i» latina,
como «formigas pretas»
–verticales hormigas–,
como carga hace siglos
su carga de injusticias
la prieta yorubana
de mi preta Bahía.*
Versión de Cumanana.
* En Nicomedes en Argentina dice: «de mi prieta Bahía».
(1963)
Poema
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.