Cançó de l'amor efímer
qui tens un posat rosa i un esguard ple de sol;
que mostres una sina cobertora del dol
i et vesteixes, discreta, la bruseta d'estam.
O bella inconeguda que ets menuda i audaç
i que sense companya t'arrisques a la platja
i no tems l'escomesa del fillol qui s'assatja
al domeny de les ones i te'n prega el teu braç.
O bella inconeguda que en sentir la malícia
de les ullades frèvoles, tota t'has commogut...
tancades les oïdes a mots que el vent s'ha endut,
boi sospirant potser pel goig d'una carícia.
O bella inconeguda, del tram t'he vist baixar
i avui t'he somiada i et somiaré demà.
A Enric Casanovas
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.