Invéntate
hijo de ancestros y espíritus,
conoces bien tus orígenes,
tienes valor, sangre, ímpetu.
Esclavo te hicieron a lágrimas,
perdido en la selva, errático,
esclavo y preso en las cárceles,
Don Nadie en un mundo caótico.
Sálvate, invéntate un futuro modélico,
quema tu pólvora y empieza otra búsqueda,
con típicos tópicos no surge lo mágico,
que ruede tu oráculo de un mundo más cálido.
Invéntate, sálvate, invéntate…
Roban tu oro y tus ídolos
imperios, ladrones históricos,
matan tu selva y tu ejército,
pintan un mapa más tétrico.
Tú no te sientes ya un náufrago,
creas un mundo más ético,
sientes que ya no eres huérfano,
naces a un mundo utópico.
Abril de 2026. Una visita a Cuenca. La ciudad alta parece casi inalcanzable pero se va abriendo al paso del caminante y se descubre a pinceladas, se avanza lentamente con atención a los detalles, te va envolviendo su generosa ofrenda de ocres, una esencia dulce de calles antiguas, escenario de historias de vida que fueron y van arriba y abajo. Cuenca, refugio de miradas eternas que en sus horizontes van quedando guardadas, también en nuestra memoria. Cuenca, la de la piel quebrada por hoces y ríos, la que celebró en el siglo XX su poeta Federico Muelas, la que envejece y revive en el XXI y cada día.
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