Letter to Lola
sometimes empty
Now I'm a full moon,
you're inside me.
Everything will be fine,
everything will be fine,
I'm sure,
everything will be fine.
Wait, because,
I built a bed of grapes
I'll paint you two big blue wings
I'll sing you thousands of tales.
Who are you?
I must wait.
Maybe you will be a star
or you like to cook sweet cakes of cream
Maybe you will not like art.
But,
when you'll run,
when you'll laugh,
when you'll search,
when you'll dream.
I'll be full, I'll be fine.
Canción que compone Sílvia cuando estaba embarazada de ocho meses de su hija, nombre en homenaje a Lola Flores, se pregunta cómo será su niña y aunque tiene un poco de miedo sabe que cuando la vea sonreír se sentirá llena y feliz.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.