No me importa
ni a cuantos años-luz de mi pueblo está,
con tal que cada noche se encienda
y yo la vea titiritar.
No me importa lo lejos que éste la meta
siempre que me den tiempo para llegar.
Ni ser mal recibido. Me encanta
hacer maletas y viajar.
No me importa tomarme la vida en serio
mientras conserve el sentido del humor;
ni equivocarme de medio a medio
si da buen resultado el error.
No me importa, si es para empezar de nuevo,
meter la marcha atrás y retroceder;
ni dar con la cabeza en el suelo
siempre que pueda ponerme en pie.
No me importa seguir las reglas del juego
en tanto las respete el otro también.
Ni, en un desliz, pillarme los dedos
según de qué manera y con quién.
No me importa la gloria, se lo prometo,
si para ir de su brazo se ha de sufrir;
ni el más allá con todo respeto,
mientras me dejen seguir aquí.
Ni enseñar el culo cuando el guion lo exija
ni dar la cara aunque deje cicatriz.
Ni la muerte, si no corre prisa,
ni cambiar para ser más feliz.
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Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.