De Madrid al cielo
en la desolación y el desconsuelo
de voces rotas y miradas yertas
marzo se llenó de miedo.
Sin más necesidad que seguir vivos
enterraremos hoy a nuestros muertos.
Tantos brazos se quedarán vacíos,
y heridas tantas almas, tantos cuerpos.
Llenaremos las calles por ti,
prenderemos velas a nuestro paso.
Con las manos blancas y así
de Madrid al cielo, que no os olvidamos.
Nuestras almas: la voz y la palabra
Nuestra meta: continuar unidos
Y sembrar el camino de esperanza
luchando con la paz que hoy elegimos
Dibujaremos interrogaciones
llenaremos Atocha de claveles,
de nuevo habrá quién viaje en los vagones
y quien espere en los andenes.
Lloraremos de rabia por ti,
limpiarán la lágrimas el odio,
hoy vestida de luto Madrid
y con ella el mundo un poco más roto.
Llenaremos las calles por ti,
prenderemos velas a nuestro paso,
con las manos blancas y así
de Madrid al cielo, que no os olvidamos,
de Madrid al cielo, que no os olvidamos.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.