No tenías
Para dignificarte la existencia
(…) Y de fiesta
Y tus hijos como hijos de hojarasca
Se iban sin más seña
No tenías ni el sol que te alumbraba
Eras menos que la hierba y la tierra
Que ignoradas se juntan en secreto
Y procrean
No tenías ni seno ni destino
(…) manos abiertas
No tenías
Era tuya la furia analfabeta
Desbordando el espacio en el zurrón
Era tuyo el sollozo en la cena
Y el miedo de Dios
Era tuya la zanja del camino
Los portales marchitos de sentir
Tu mirada devorando la acera
Buscando vivir
No tenías
No tenías y no tenías nada
Que perder que no fuera tu agonía
Fue por eso que la ley de la bala
Fue tu guía hacia el aire y hacia lo infinito
Que por ti esperaría
No tenías
Abril de 2026. Una visita a Cuenca. La ciudad alta parece casi inalcanzable pero se va abriendo al paso del caminante y se descubre a pinceladas, se avanza lentamente con atención a los detalles, te va envolviendo su generosa ofrenda de ocres, una esencia dulce de calles antiguas, escenario de historias de vida que fueron y van arriba y abajo. Cuenca, refugio de miradas eternas que en sus horizontes van quedando guardadas, también en nuestra memoria. Cuenca, la de la piel quebrada por hoces y ríos, la que celebró en el siglo XX su poeta Federico Muelas, la que envejece y revive en el XXI y cada día.
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