Tú eres la música que tengo que cantar
Y así despacio sin hacerme daño
Fuiste una luz iluminando a un hombre
Que anduvo a oscuras todos estos años
Qué buscarás en mí que ya no tengas
Y no me hablen de paz ni de cordura
Porque mi paz y toda mi experiencia
Me laceran de muerte tu figura
Por eso yo, quiero llenarte de color tu intimidad
Pintar de risa tu impresión de soledad
Irte cantando por el mar y la ciudad
Tú te pareces tanto a la felicidad
Que en ese ritmo tan difícil de lograr
En los matices que no hay que retocar
En la belleza del arte más natural
Tú eres la música que tengo que cantar.
Lo que yo siento quisiera decirlo
Un día de julio en medio de la plaza
Oír tu nombre por los altavoces
Sentirlo rebotar de casa en casa
Y aquí me tienes tarareando un sueño
Cazando estrellas por la madrugada
Pupila alerta, guardando un silencio
Para irme a refugiarme en tu mirada
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.