Per una cançó (o Yia ena tango)
per trobar en el meu cos les teves carícies
per sentir el teu alè en el meu coll nu
i oblidar-me de l'esguard que potser ens vigila.
Dono tot el que jo tinc per una sola nit
per sentir-te a prop meu i sentir la vida
per girar com un estel els dos embogits
indiferents al món que aquesta nit ens mira.
Dono tot el que tinc per un sol somrís
que s'endugui la raó que ara ens empresona
per ferir amb deliri tots els teus neguits
per obrir-te un paradís on no hi ha penombra.
Una dona i un home i una cançó
són l'altar, la passió, són les esperances.
A la llum de les espelmes parlem d'amor
a la cambra que guarda tantes abraçades.
Adaptació: Albert García
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.