Tierra prometida
tan muerta y lejana,
esperanza trunca,
seis de la mañana.
Tierra prometida,
hermosa muchacha,
tanto te buscamos,
hoy yaces helada.
A la ronda, ronda,
rondaban las balas,
¡qué ronda siniestra!
once en la mañana.
Tierra prometida,
se me quebró el alma,
en vez de promesa
debió ser jurada.
Con cuánta inocencia
cayó esa mañana,
paloma sangrando,
nuestra patria amada.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.