Tiempo de ayuno
como filo las barracas,
se siente pesado el aire,
vigilantes las miradas;
la huelga de hambre se viene
galopando en su potranca,
mujer y niños afuera,
los hombres dan la batalla.
Primer día de vigilia,
sin novedad todo pasa,
la noche pierde su rastro
donde empieza la alborada
comienzan a marchitarse;
pero afuera nada cambia,
tercer día el carcelero
la huelga quiere quebrarla.
Se nota que no conoce
la fortaleza del pobre,
que cuando entra en la pelea
no hay fuerza que lo soborne;
y las mil bocas seguían
sólo con gusto salobre,
gusto a muerte y a esperanza,
sabor que conoce el pobre.
Y así pasaron los días
hasta llegar al octavo,
cuando algunos enfermaron
los cuidaban sus hermanos,
pero la huelga seguía
más firme el segundo tramo.
Ya empieza a moverse el pueblo
en los cuatro cardinales,
mítines, actos de apoyo,
repudio al indeseable,
hay una cosa que es clara:
Pisagua debe acabarse.
Las horas pasan muy lentas,
se agrandan las soledades
cuando han pasado diez días
queriendo vencer el hambre
hombres de hierro estos viejos,
duros como los metales.
A los doce o trece días,
cuando la muerte rondaba,
trajo en su echona de plata
la carta o el telegrama;
con letras de oro decreta
la muerte para Pisagua;
las lágrimas se atropellan,
los ojos son dos cascadas,
compañero, a reponerse,
ganamos esta batalla.
(1973)
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