Cuando seas grande
lavar los pañales, sentarme a coser.
Don José trabaja y María también,
y yo trabajando te doy de comer.
Coso una bandera de rojo y azul,
estrellitas blancas, dorada la luz.
En esas manitos que fuertes serán
por llanura y sierras banderas cantarán,
banderas de Pedro, banderas de Juan.
Cuando seas grande podré descansar:
la voz de Bolívar en ti vibrará.
Durante su última visita a Caracas en junio del 72 el inolvidable chileno Víctor Jara escuchó una tradicional canción de cuna venezolana. Le gustó tanto que compuso varias estrofas con el poeta venezolano Joaquín Marta Sosa. Luego con gran sorpresa se enteró de que la música pertenecía al himno nacional de Venezuela. Pero simultáneamente, el folklorista Luis Felipe Ramón y Rivera descubrían datos que les permitía afirmar que la canción de cuna era más antigua que el himno y que muy probablemente el compositor de éste se basó en ella.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.