Invitación a los mares del Sur
la luz que cava un surco y raya el agua con sus uñas:
a través de aquella ráfaga brillante y pura
harás crecer tu corazón como medusa madura.
Ven a ver el mar del sur y siente su bravura.
Es un mar que quiebra duras rocas con su espuma.
Es un mar que nunca duerme bajo la estrella nocturna.
Es un mar que besa, muerde y mata con dulzura.
Es un mar que oculta bajo sus errantes olas
el dolido hierro de barcos sin ataduras.
La huella que no hallaron los capitanes de altura:
la historia de mi raza bajo brochazos de bruma.
(2001)
Canción VII de “Cantares del mito americano”
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.