La canción de Luciano
lloran las pergoleras
y así cubren de pétalos su muerte interminable,
su vida interminable, su reloj detenido
pero que, mudo, marca
las horas que anunciara,
la terca y fría hora
que el pueblo ató a su mano
para que floreciera
la lucha de Luciano.
Vuelve en hueso, en frío, en un caballo,
en un beso, en una quemadura.
Es de acero, de aire, de ceniza, y,
todo despierto, viene a seguir.
¿Quién le amarra sobre el mapa?
¿Quién destroza su retrato?
¿Quién silencia su palabra?
Luciano al regresar
se descerraja en luz,
destapa la verdad,
revienta con su mano los alambres del temor,
respira en cada boca para la revolución.
Vuelve armado de agua y viento,
a velar los sueños vuestros,
a encender los sueños muertos.
¡Ábranle!
¡Ábranle!
¡Ábranle ya!
Al paso de Luciano hay pueblo innumerable
y una mujer desgarra su nombre desde lo alto.
La oscura ceremonia de la muerte le lleva
como sombra en la sombra del rito funerario,
el rito que le alumbra,
que el pueblo ató a su mano,
para que floreciera
la lucha de Luciano.
(1972)
A Luciano Cruz Aguayo, uno de los principales líderes del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), muerto en misteriosas circunstancias el 14 agosto de 1971
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