Pobrecita la llave
días de vuelta y vuelta, siempre mandada.
Llave de andar cerrando puertas oscuras
por un sueldo miserable y por las dudas.
Pobrecita la llave, a veces veo
como tapan su boca y los deseos.
Hay días en que sale, viste uniforme,
así de gala se cree un hombre.
Y cuando llega la hora de andar sin ropa
yo le pego este grito, le canto coplas.
Ésa es la hora en que la llave
me escucha y llora, ésa es la hora.
Pobrecita la llave, tanto suplicio,
no sabe qué hacer conmigo ni con su oficio.
De “La magia más vieja” (1970)
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Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.