Muchacha de mi país
de primavera y festejos;
de julio, marzo y enero;
de octubre, mayo y abril;
la quien bien sabe fundir
al deber las alegrías,
y con la vida vivir.
Muchacha de mi país
que cuando el pecho le hiere
el amor, no va a llorar
desconsolada al jardín;
que cuando el pecho le hiere
el amor, vuelve al amor,
batalladora y feliz.
Muchacha de mi país,
hija del pueblo que llevas,
entre tu mano y tu sien:
cabalgadura de mí,
sueño de amores y balas;
lleva mi canto en tus alas
y no te olvides de mí.
(1975)
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.