En paro
cuando no quedan horizontes?
¿a dónde viajarás
cuando en la soledad te escondes?
quizás vuelvas para atrás,
a aquel tiempo de la risa,
jugar era trabajar,
pero era juego todavía.
Es mentira
que la vida crezca dentro cada día,
es mentira,
pues la muerte es más cercana
cada mañana,
es mentira
que esta absurda y dura espera
sea pasajera,
es mentira,
pues ya el dolor corroe
brazos y fuerzas.
¿Con qué se soñará
cuando la vida ya no es sueño?
¿a dónde partirá
cuando sucumbe tu desvelo?
Quizás sueñes real
el anhelo que te dieron;
brilla el oro a la luz
de bombillos y letreros.
Es mentira
que el esfuerzo y el sudor
lleven al sueño,
es mentira,
ellos se cobraron cuentas
y yo quedé en la espera,
es mentira
que la vida acabe aquí
en esta miseria,
es mentira
que el llanto y el dolor
tengan su premio.
El sueño que nos dan
nunca se alcanza,
es mentira.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.