Veinticinco pesetas
una mano en el hombro y la otra mano en tu pelo
y Tarzán en la selva que es de espuma y cartón
y un aroma de flores en tu corazón
Así fue, así pasó
antes de que todo cambiara como cambió
La madera más dura que conoce el dolor
y en la boca el regusto de algún girasol
siete novias que bailan y un final con amor
y en el suelo las cáscaras, y la luz se encendió
El matinée de los domingos
el Poseidón cuando se hundía
Bruce Lee, King Kong y "baconcito"
ese fue un trozo de mi vida
Veinticinco pesetas, cine y caramelos
y Charlot con patines sobre nuestros sueños
Incluida más tarde en el disco de Alba Molina "Despasito" (1998)
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.