Agua
me suda una opinión que no he pedido,
de entre el humo del tópico,
fuego extinguido,
me descubro quema'o
como el árbol caído.
Y agua.
Vuelvo a ponerme enfermo,
curado de espanto,
diarrea verbal de niños y borrachos,
no quiero que juegues conmigo.
No te ajunto, ¡no te digo!
Agua.
Y escupo el 65% de mi ser
en caudal sin medida
que ahogue tu sed
-cuerpo, sangre, palabra, saliva, agua-,
pa que te bebas la pena como si fuera agua.
Agua.
Si por cada as que guardo en la manga
dejo copas fiadas por todas las barras.
Macarra (¡macarrilla!)
¡qué te vayas! y si puedes, me olvidas.
Agua.
Es despertar y encontrar algo más
que otra buena mañana,
es salir con certeza de Nochevieja,
esperándolo todo y nada,
y nada, ¡pues nada!
Agua.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.