La herencia de mi padre
unos zapatos viejos,
un vestón muy estrecho
y el sueño de irme lejos;
las ganas de ser alguien
sin mucho trabajar,
la vara que distingue
pureza y lealtad.
De mi padre heredé
la nariz de mi abuelo,
una mirada recta
y un reloj embustero
y el recuerdo muy vago
-tan vago como un sueño-
de unos antepasados
que no sé si existieron.
Sin saber, ni pensarlo,
no me dejaste nada.
Sin saber, ni pensarlo,
me lo dejaste todo.
Sin saber, ni pensarlo,
porque amaste a mi madre,
porque es nada y es todo
el amor de un buen padre.
De mi padre heredé
las ganas de vivir,
una testarudez
por seguir y seguir,
el apresuramiento
por vivir de ilusiones,
descomunales deudas
a pagar con canciones.
De mi padre heredé
tres o cuatro corbatas,
unas cartas antiguas
con cintas escarlatas,
fotografías viejas
cuando él era pequeño
y las dos con mi madre
cuando se conocieron.
De mi padre heredé
un recuerdo preciso:
un traje de aviador
que fue mi paraíso
y un cumpleaños feliz
cuando él mismo me dijo
que su alegría era
que yo fuera su hijo.
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