¡Final!
Te merecías, hipócrita, un muro en
Otro agujero. Tu dictadura,
Tu puta vida de asesino,
¡Menudo incendio de sangre! Podrido verdugo,
Te tenía que haber apaleado la dura
Oscuridad de los pueblos, dado a tortura,
Colgado de un árbol al final de algún camino.
Rata de la peor delincuencia,
Te pegaba otra muerte con violencia,
El final de tantos desde aquel mes de julio.
Pero la has tenido de tirano español,
Solo e hibernado, gargajo de la ciencia
Y con tufo a sangre y mierda. ¡Su Excremencia!
Gloria de la chapuza,
Ha muerto el dictador más viejo de Europa.
¡Un abrazo, amor, y levantemos la copa!.
Traducción: Carles Gracia Escarp
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.