El miedo nos devora
de algún coche, mientras Mozart ameniza un ascensor.
Restaurantes, tiendas, metros, saturados de violines,
pocos dedos que se decidan a apagar un televisor.
Una técnica avanzada que nos permite decirnos paridas
inmediatas. La manía de aplaudir en los entierros.
Gritos inútiles y risas sin humor. Palabras vacías.
Lo que sea, mientras ahogue nuestro rechinar de dientes.
El miedo nos devora.
El miedo se nos cuelga
del cuello y nos clava las uñas en el pecho
cuando el silencio se reanima y se venga
despertándonos en el corazón de la noche.
¡Maldito silencio!
Tú haces que piense
aquel que quisiera ahogar el pensamiento,
tú haces que nos inunde el vértigo, que nos venza
la angustia, incierta, pero siempre presente.
El individuo diluyéndose en estadios, parques temáticos,
centros comerciales, de ocio, discotecas, maratones...
El deseo de unir nuestra voz a los himnos de los fanáticos,
de no hacer nada que destaque, de ser uno más entre millones.
La incapacidad profunda de extirparnos de la masa,
de darnos cuenta de que en esencia todos nacen y mueren solos.
Las sonrisas que dirigimos a quien nos repugna. El tiempo que pasa
adheriendo personas por rutina cuando el amor ya ha alzado el vuelo.
El miedo nos devora.
El miedo se nos cuelga
del cuello y nos clava las uñas en el pecho.
La soledad se te presenta y se apoya en ti
cuando estabas seguro de haberla dejado atrás.
Es duro el viaje
sin el espejismo
de otra mano que tome tu mano,
de otros ojos que te devuelvan la imagen
que tú mismo te has querido inventar.
La necesidad del líder religioso, social, político,
musical o filosófico, sindical o de opinión,
el que nos evita el trance de pensar y la duda crítica
porque piensa por nosotros, porque siempre tiene razón.
El adoctrinamiento continuo de los gobiernos, de las empresas
que los controlan, de los medios que son sus perros obedientes,
y la tentación de creerlos, de aferrarnos a certezas
de granito, incuestionables, resistentes a todos los vientos.
El miedo nos devora.
El miedo se nos cuelga
del cuello y nos clava las uñas en el pecho.
El miedo de ser de lunes a domingo
los responsables de lo que hemos decidido.
Ser libre asusta.
¡Exige tanta
energía, fundir la abundante grasa segregada
por un cerebro tan miedoso que no soporta
el esfuerzo que implica juzgar y ser juzgado!
Hambre y sangre, miseria i misiles convertidos en espectáculo
cuando los seres que sufren son títeres irreales.
El dolor en una aspirina y archivadas milagrosamente
la vejez y la agonía en residencias y hospitales.
Una lucha encarnizada por domar lo ingobernable:
cirugía, deporte, dietas y el retrato de Dorian Gray,
y al torcer una esquina, un atardecer, inevitable,
la sorpresa congelada en los ojos del vagabundo o del rey.
El miedo nos devora.
El miedo se nos cuelga
del cuello y nos clava las uñas en el pecho,
miedo de ser polvo en potencia que ya el viento
empieza a empujar camino del olvido.
Con la palabra
forjamos la fábula,
con dioses a medida forjamos la ilusión,
pero tarde o temprano nos sirven a la mesa:
somos el alimento preferido del miedo
y el miedo nos devora.
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