El último café
Ya no volveremos a sentarnos juntos en este bar...
Ni en este bar ni en ningún otra parte, te lo digo bien claro.
Cuando acabe mi café, me levantaré,
me alejaré sin girarme y saldré
de tu mundo, de tu vida, de tu corazón.
Sí, te estoy diciendo adiós; yo, que te hubiera
querido dar tantas cosas... oro y joyas,
alegrías e ilusiones. Y también un hijo,
aquel hijo que deseabas desesperadamente.
Pero mírame las manos vacías: no tengo nada
que ofrecerte. Me siento pobre y lleno de rabia
Ya lo sé, ya lo sé... Te había hecho tantas promesas...
Te hablaba de un futuro sin final,
pero el tiempo y la pobreza todo lo borran:
No conozco ningún juramento que resista
este cruel desgaste. La tinta de las cartas
de amor también empalidece. El fuego se apaga..
¿De verdad hubieras querido envejecer conmigo,
viendo cómo día a día se instalaba
la rutina en nuestra casa, con los silencios
tan difíciles de romper, con las palabras
tan gastadas que ya no quieren decir nada,
compartiendo un lecho donde ya no nos buscaríamos?
Más vale que nos separemos ahora, con el deseo
vivo aún, cuando decirse adiós duele...
El amor es como una cuerda de guitarra:
una vez rota, ya no puede recomponerse,
pero nos deja la pureza de su sonido
en el recuerdo, y nadie podrá robárnoslo.
Sé que te miro a los ojos por última vez.
Ya no volveremos a sentarnos juntos en este bar,
te lo repito. Ni en este bar ni en ningún otra parte.
Debo irme, es tarde. Deja que te bese:
será el último beso que te doy. Quiero llevarme
el sabor de tus lágrimas conmigo.
Para Dyango (Quan l’amor és tan gran -1997)
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