Cielos rotos
¡Tenía tanta luz en su sonrisa!
¡Vivir!
Quería todo el mundo para ser libre.
Era
la fuerza de cada brote de primavera
que se da a la vida.
Era
un cielo como un cristal claro que se rompió.
Todos los cielos rotos se lleva el feriante.
Pedazos no han quedado para mi aire.
¡Oh! nunca, nunca se apaga
la luz de una hora azul,
ni el sonido de una risa
que vive en mi interior.
¡Reír!
Se llenaban las montañas con su sonrisa.
¡Vivir!
Tenía a flor de piel el goce de vivir.
Era
la sal de mi alimento y el vino que alegra
y los ojos ilumina.
Era
un cielo como un cristal claro que se rompió.
¡Reír!
Recuerdo las campanas de su sonrisa.
¡Vivir!
Tomaba con mis brazos su vivir.
Era
la voz, la luz y el juego de la riera
que salta y que tintinea.
Era
un cielo como un cristal claro que se rompió.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.