Hijos de Hiroshima
vuestros nombres completos, y despacio,
haceros presentes por doquier,
llenad el espacio del universo.
Invadid el aire que respiramos,
el sexo, los ojos, nuestro aliento,
hurgad la náusea, en nuestro instinto
y sacudid nuestra quietud.
Reagan, policía, Andropov, mal actor,
malos actores, mal teatro, mal público, telón.
Hacednos valientes, hijos de Hiroshima,
desde el terror de vuestro infierno.
por una humana convivencia,
por el ingenuo sueño de la paz.
Por una paz sin terror
ya no es posible la ambigüedad.
contra los buitres, viejos y carroñeros,
abramos trincheras, queda poco tiempo.
Reagan, policía, Andropov, mal actor,
malos actores, mal teatro, mal público, telón.
Decid los nombres, hijos de Hiroshima.
invadid el aire que respiramos,
hacednos valientes, hijos de Hiroshima,
por una paz sin terror.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.