Un rey de ocasión
encontré un rey de ocasión,
de corona abollada
y con las medias caídas,
un residuo algo ridículo
de una especie del pasado.
El vendedor me puso al día:
allí en el siglo XXI,
al caer la monarquía,
se le ocurrió a alguien
congelar a aquel memo
como si fuera una merluza.
Lo llevé a casa
y en cuanto lo vio entrar
Silvia me dijo: «¡Pedazo de burro,
ya te han vuelto a enredar!
¡Siempre compras porquerías,
sólo quieres hacer tu ley!
¿Me puedes explicar, Matías,
para qué sirve un rey?»
Hay que decir que no iba equivocada:
no sabía lavar los platos
ni tampoco hacer la colada
ni cocinar dos huevos fritos.
Todo el día se lo pasaba
rascándose los reales huevos...
¡Estos tipos de sangre azul
son unos gilipollas!
Pero por la noche, el muy pendón
se animaba de lo lindo,
agarraba una guitarra
y cantaba con sentimiento
estos versos mal hechos
que evocaban tiempos perdidos:
« Mi padre era un putero
que perseguía a los elefantes.
Entre un tango y un bolero
sabía untarse las manos,
y después bailaba el vals
en los paraísos fiscales.
¡La familia, qué pandilla!
Ladrones, brujas y tarados...
Si viviera todavía Goya,
¡imagina qué retratos!
Yo, al tener muy poco carisma
y ser algo corto,
festejaba con el fascismo,
el tricornio y el garrote.»
Como el tipo no callaba
y se quejaban los vecinos,
y es que además desafinaba
como un coro de cien lechones,
Silvia, muy cabreada,
detuvo en seco la canción
y se lo llevó sin miramientos
al contenedor.
De eso hace cinco semanas,
seguro que lo han reciclado
y con aquel tarambana
habrán hecho comida para gatos.
Y, no sé por qué será,
pero lo echo mucho de menos.
He ido otra vez
a los Encants, y me he comprado
una mona disecada
que llamo «Majestad».
Le he colgado algunos galones
y medallas en cantidad.
Pero Silvia no la aguanta:
dice que huele mal
y tiene polillas... «¡Pero no canta!»
le replico con convicción.
Me responde: «Haces como las moscas,
si has probado las heces
ya sólo quieres materias oscuras
-quiero decir mierda, ya me entiendes.»
Tiene razón: lo de los monarcas,
por fin me voy dando cuenta,
es un virus de los más carcas
y se acaba contagiando.
Atacando cada neurona,
y haciendo sopas del cerebro,
convierte a una persona
en el vasallo más sumiso.
¡Que alguien me ponga una vacuna
libertaria, por piedad,
mientras me quede una migaja
de razón y de dignidad!
Los que estáis en horas bajas
aprended bien la lección:
¡no compréis ni de rebajas
un rey de ocasión!
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